Tanto si eres una persona generalmente tímida e insegura (o incluso con fobia social), como si no, es posible que te haya pasado alguna vez eso de “ponerte colorada cuando te miran”.

Si eso no te afecta, puedes dejar de leer. Pero si ponerte roja te causa malestar, este artículo lo he escrito para ti.

Por qué enrojecemos

Ya lo sabes, lo suelo decir mucho: un comportamiento puede estar provocado por muy diversos motivos, unos positivos, agradables y deseables… y otros no tanto.

Hay ciertas condiciones ambientales que nos afectan, como el calor o el frío.

También hay personas con facilidad para ponerse rojas cuando consumen algún alimento picante, o cuando toman alcohol.

O puede pasar que nos pongamos rojos de ira o rabia…

El valor de enrojecer » sonrojarse tiene valor biológico y social, y es que, cuando una persona ha hecho algo mal, el rubor facial indica que es consciente de su error y se avergüenza de ello; y esto es una señal positiva y deseable (al menos en algunas culturas).

Pero si estamos hablando hoy aquí de ponerse colorada, no estamos pensando en ninguna de estas situaciones.

El caso que realmente nos ocupa y preocupa es el rubor facial que se asocia frecuentemente con: la vergüenza, timidez, inseguridad, nerviosismo… 

Ansiedad y rubor facial, ¿qué vino antes?

Aquí empieza la maraña que voy a intentar desenmarañar…

A ver, no sé si me has oído decir alguna vez que los problemas asociados a la introversión son, en gran medida, iatrogénicos: es decir, son un problema porque alguien, en algún momento, lo catalogó así.

De modo que, lo que podía ser simplemente una forma diferente de ser, se valoró como algo negativo, inferior, menos válido, indeseable…

Así, si alguien mostraba una característica poco deseable, de repente, tenía un problema.

No lo tenía antes de saber que tener ese “comportamiento” era un problema. Si viviera solo, y no hubiera forma de comunicarse con él, podría ser perfectamente feliz siendo como es… ¿Me sigues?

Bien. Con el enrojecimiento, la situación es la misma.

El problema no es enrojecer. Es que alguien, en algún momento, decidió darle un matiz negativo a ese comportamiento.

De esa manera, el enrojecimiento natural que aparecía en situaciones de ansiedad, en las que el sistema nervioso simpático se dispara, era una señal más, sin apenas importancia.

De lo que uno se preocupaba era de reducir la ansiedad que se experimentaba en ese momento, porque no es agradable experimentar ansiedad, pero no se obsesionaba con evitar el rubor facial.

Sin embargo, hemos empezado a vivir en una época de apariencias. Donde el exterior se utiliza en gran medida como guía para sacar conclusiones e impresiones.

Por tanto, es normal que la gente se haya empezado a desvivir por ocultar los síntomas o señales de ansiedad, es decir, el enrojecimiento.

Da igual si estás nervioso o no, lo importante es no aparentarlo, que no se note.

Pero claro, la ansiedad que da ser consciente de que una se ha puesto roja, junto con la ansiedad que se genera tras la frustración de ver que no consigues evitarlo o esconderlo, no hacen más que empeorar la situación y hacer que nos pongamos cada vez más rojas y más ansiosas.

Una pescadilla que se muerde la cola.

Una PESADILLA.

Las introvertidas somos más vulnerables

1) enrojecer con mayor facilidad, debido a que tenemos un sistema nervioso simpático más sensible -debido a una amigada igualmente hiperactiva-, 2) a ser prejuzgadas como inseguras debido a eso y 3) a creernos que lo somos, solo porque los demás lo dicen.

Por cierto, recuerda que la amígdala no solo es responsable de la respuesta ante el miedo, sino ante la novedad. Ese es uno de los “fallos”: que se ha reducido o simplificado la actividad de la amigada (y el sistema simpático) a la emoción de miedo o ansiedad, cuando realmente procesa todos los estímulos, especialmente los novedosos…

Así pues, la inseguridad, el alto nivel de autoconsciencia, la sensibilidad para percibir los gestos faciales de los demás, el deseo de encajar… la baja autoestima, unida a la experiencia de haber dejado de ser quienes éramos intentando aparentar lo que no éramos… generan una situación peliaguda.

Entramos en una espiral de negación, de autocrítica y autosabotaje, que genera aún más ansiedad, lo que reactiva el sistema nervioso simpático, nos predispone aún más a enrojecer, y cronifica este círculo vicioso de ansiedad-enrojecimiento.

La cosa es que, llegados a este punto, ambas están tan intrínsecamente relacionadas, que tenemos que hacer un ejercicio consciente para diferenciarlas.

El verdadero problema: la eritrofobia

Como hemos dicho, ponerte roja no es el problema.

miedo-enrojecerLo que te preocupa realmente es lo que has creído que eso dice de ti.

Es decir, interpretar el enrojecimiento como síntoma de debilidad y creer que el otro piensa lo mismo (que eres más débil por ruborizarte).

Entonces es cuando empieza la batalla frenética (y perdida antes de empezar) de evitar a toda costa ponerte roja delante de otras personas.

Hasta el punto de que, pensar simplemente en hablar con una persona o en público, puede provocar ya que te sonrojes…

Llevándote incluso a pensar que es mejor entonces evitar ciertas situaciones a pasar la incomodidad de enrojecer, que los demás lo vean, que piensen que no vales, que tú te sientas una mierda, etc..

Cómo se “cura” lo de ponerse colorada

Pues, aunque te duela que te lo diga, no se cura. Se acepta. Se aprende a vivir con ello.

Y créeme cuando te digo que es precisamente la aceptación lo que tiene más probabilidad de ayudarte a disminuir el enrojecimiento…

Pero, lo mejor de todo es que, aunque el rubor siga ahí, a ti no te causará tanta incomodidad.

Es decir, el objetivo no es tanto dejar de ponerte colorada, como dejar de azorarte tanto cuando descubras que has vuelto a enrojecer.

Y el milagro que sucede es que, cuando dejas de darle importancia, cuando le restas todo ese añadido de ansiedad, el rubor va suavizándose (a no ser que haya alguna condición médica que lo esté manteniendo).

En cualquier caso, el bienestar psicológico estará ahí, casi inevitable, creciendo y fortaleciéndose cada día más. Aún cuando el rubor siga siendo intenso y extenso.

En definitiva, no te importará tanto lo que los demás puedan pensar de ti al ver que te pones roja de la punta de la nariz a la punta de los pies.

Tú te sentirás segura, transmitirás esa seguridad… y te dará igual si los demás interpretan tu rubor como nerviosismo (cosa que dudo si, efectivamente, tú te sientes bien en tu cuerpo colorado).

Así pues, empieza a aceptarlo: evitar ponerte colorada NO funciona.

Lo que no funciona para dejar de enrojecer

Como ya te he dicho: intentar evitarlo, controlarlo, reducirlo conscientemente… no sirve.

Sobre todo porque, como te habrás dado cuenta, cuanto más intentas evitarlo, cuanto más intentas que desaparezca, cuanto más intentas controlarte, cuanto más deseas y haces por no ponerte colorada… más colorada te pones.
Y no sirve, porque lo que estás haciendo es generarte más ansiedad, que ya has visto que mantiene e incluso empeora el enrojecimiento.

ruborizarseEs más, te voy a contar algo para que veas que no siempre es efectivo intentar reducir el enrojecimiento sin más, en lugar de actuar sobre la ansiedad y la inseguridad y las creencias negativas: si echas un vistazo en foros sobre el rubor facial, muchas personas se quejan de que se han operado para reducir los síntomas, solo para darse cuenta, al cabo de un tiempo, de que siguen poniéndose coloradas; y esto ocurre porque la ansiedad no se extirpa con una operación, y el cuerpo siempre encuentra maneras de expresarse…

Entonces, ¿no hay nada que puedas hacer? Si no lo puedes controlar, ni evitar, ni reducir conscientemente… ¿qué alternativa te queda? ¿Cómo puedes poner en práctica esa estupenda alternativa de “aceptar que te pones colorada cuando te miran”? Y, lo más importante, ¿es realmente eficaz? ¿Merece la pena?

Cómo practicar la aceptación para reducir la eritrofobia

La aceptación tiene varios componentes: un componente cognitivo (transformas las interpretaciones, creencias y mensajes que te dices a ti misma), uno afectivo o emocional (una experiencia subjetiva de bienestar, serenidad y gratitud) y, por último, uno fisiológico (de alivio, relajación y calma).

Para trabajar el componente cognitivo de la aceptación te ayudará leer este artículo, y saber que no hay nada malo por ponerse roja. Entender que el problema es mantenido por la creencia de que debes controlar y evitar tu enrojecimiento, y que los demás tienen razón al interpretar el rubor como debilidad…

Y, claro, cuando hablo de transformar estas creencias no se trata de negarlas, eliminarlas o evitarlas (como estás haciendo con tu rubor), sino de aceptarlas. Por ejemplo, puedes decirte a ti misma: “sé que estoy roja, pero estoy dándome permiso para pensar que eso no me hace menos valiosa, ni le quita importancia a mi mensaje, ni reduce mi capacidad para ayudar a otros o hacer lo que tengo que hacer”.

Dirígete a ti misma mensajes que, lejos de echarte la culpa y crearte más presión para dejar de estar colorada, te ayuden a sentirte bien contigo misma. Mensajes de ánimo, que se centren en lo que estás haciendo o diciendo, en lugar del cómo…

Porque, a medida que vayas transformando tus creencias, tus emociones irán cambiando también, se reducirá tu ansiedad, tu sistema nervioso se calmará, y tu rubor se suavizará.

En cuanto al componente afectivo de la aceptación, puedes generar en ti misma emociones de gratitud, de serenidad y de bienestar, realizando ejercicios de focalización. En esas situaciones en las que te pongas colorada, dirige tu atención a esas emociones que están latentes en ti, esperando a que conectes con ellas. Esa pequeña o gran parte dentro de ti, que siente calma, libertad, alivio, agradecimiento, amor…

Por último, el componente fisiológico de la aceptación viene como resultado de los dos anteriores, pero puedes favorecerlo practicando la “atención al momento presente”: cuando estés en una situación en la que empiezas a sonrojarte, en lugar de tratar de negarlo o evitarlo, “disfruta” observando y sintiendo exactamente cómo reacciona tu cuerpo, sin pretender que sea de otra manera. Siente el calor de las mejillas, siente cómo tus poros se dilatan y corre la sangre, y surge el sudor… Nota cómo tu cuerpo se estremece, y tiembla ligeramente… Sé ese momento. Acepta tu cuerpo en ese momento. Acéptate a ti en tu cuerpo en ese momento. Agradece tener un cuerpo que funciona tan bien, que se expresa y se regula de manera automática.

Agradece, y suelta. No te quedes enganchada ahí más de lo necesario. Presta atención a ligeras variaciones en el calor de tu rostro, en la sudoración, en cómo la sangre va volviendo poco a poco a retirarse de tu cara…

Además, para ayudarte a reducir la ansiedad que agranda y mantiene tu eritrofobia (y el consecuente enrojecimiento), te puede ayudar algún tipo de método para relajarte, para reducir la activación de tu sistema nervioso simpático…

Este es un “tratamiento transversal” y “profundo”: no te relajas para evitar ponerte roja, lo haces con el fin de ayudar a tu cuerpo a sentirse seguro, en calma, para afrontar mejor el estrés diario al que se ve sometido. Para sentirte mejor en tu cuerpo, sea como sea y se comporte como se comporte.

Y el beneficio adicional y secundario (y maravilloso, evidentemente), es que tu rubor se reduce.

Otras estrategias (contra los indiscretos)

Para terminar, algo que suele ayudar mucho, sobre todo cuando ya conoces a tu interlocutor y sabes que hará evidente tu rubor delante de todos, causándote mayor malestar, es anticiparte.

También funciona si no conoces a la persona pero intuyes que puede hacer un comentario así.

Lo que puedes hacer es adelantarte a esos comentarios y hacerlos tú: simplemente, dices “seguramente me pondré roja (o, sé que ya me estoy poniendo roja), pero me gustaría que no me lo tuvieran en cuenta y se centraran en lo que les digo; eso me haría sentir mucho más tranquila y cómoda al hablar delante de todos ustedes”. Adapta la longitud y las palabras de este mensaje a tu estilo propio.

En cualquier caso, incluso si tus oyentes no son de los indiscretos, expresar en voz alta lo evidente, te quitará mucha presión.

Esto es algo que yo hice durante un tiempo. Y ahora, solo lo utilizo en casos muy puntuales, cuando estoy realmente nerviosa. De resto, ya no me hace falta. No porque nunca me ponga roja (aún me sigue pasando), para ya no es tan intenso ni me genera tanto malestar. Por eso no siempre necesito expresarlo.

Conclusiones

A la hora de gestionar esta pequeña (o gran) parte de ti, esa que sufre cada vez que se pone colorada en presencia de otras personas, mi recomendación es que actúes sobre las causas y no sobre los síntomas.

Y que la mejor forma de intervenir sobre las causas, es la aceptación, permitirte ser como eres, permitir que las cosas sean como son, dejar de negar, dejar de evitar, dejar de quitarte valor por enrojecer.

Practica la aceptación a todos los niveles, y ámate a ti misma a todos los niveles,

Ama cada parte de ti, incluso la colorada ,)

Y no necesitarás dedicar tanto tiempo y energía a deshacerte de ella. Podrás vivir más serena y disfrutar más en tus encuentros sociales.

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