En este artículo nos adentraremos en el misterioso cerebro introvertido con la idea de comprender mejor nuestra introversión y la de las personas introvertidas con las que nos relacionamos a diario.

¿Por qué tienen que analizarlo todo? ¿Por qué se encierran tanto en casa, y en sí mismas? ¿Por qué parece como si hubieran nacido cansadas? ¿Por qué no pueden mostrar un poquito más de entusiasmo ante la vida? ¿Por qué … ?

Muchas de las actitudes y acciones que tanto sacan de quicio a las personas extravertidas (y a veces también a nosotras mismas, introvertidas) y nos hace pensar que nos pasa algo malo, tienen su explicación en la diferente fisiología y anatomía de la mente introvertida.

Por qué preferimos los lugares tranquilos

Empecemos con una metáfora:

Lo primero que hay que saber es que el cerebro tiene una puerta de entrada controlada por unos seguritas que deciden el tipo y la cantidad de gente que atraviesa esas puertas.

En unos casos, estos guardias dejan que todo el mundo pase, lo que termina abarrotando el local, que se llena de gente de todo tipo y condición.

En otros, los seguritas son más selectivos, de modo que sólo entra un tipo concreto de gente, pero a menudo el local está medio vacío y termina siendo un aburrimiento…

Bien, los seguritas “enrollados” trabajan para el cerebro introvertido, y los “estirados” en el extravertido.

Las puertas se encuentran en el tallo cerebral, la parte que une la parte más alta de la médula espinal, con la base del cerebro.

Esa zona de la entrada, donde están los seguritas, se llama formación reticular, y el pasillo que te lleva a las distintas zonas de la discoteca es el Sistema de Activación Reticular Ascendente (SARA).

La gente que entra a la discoteca son estímulos.

Y la pista, la barra, la zona de sillones, los baños, etc., vendrían a representar distintas zonas del cerebro a donde puede viajar el estímulo una vez que está dentro.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la introversión?

Como ya sabemos, las introvertidas son personas retraídas y ya hemos mencionado en los artículos anteriores que el principal motivo para su aislamiento es su sensibilidad a la estimulación.

Es decir, que en un mismo ambiente, rodeadas de los mismos estímulos, introvertida y extravertida tendrán más gente en la discoteca o menos, en función de la política de admisión de cada uno.

Introvertidas y extravertidas se distinguen por la cantidad de “información” que entra y viaja por el cerebro en cada momento

Bien, dejemos ahora a un lado esta metáfora de la discoteca para resumir el papel central de esta estructura cerebral en el grado de introversión o extraversión que muestra cada persona.

Hemos visto que, en el cerebro introvertido, la formación reticular deja pasar muchísimos más estímulos que en el cerebro extravertido y, por tanto, el SARA, o las autopistas que conectan unas zonas del cerebro con otras, están mucho más concurridas.

Estos estímulos viajan fundamentalmente a zonas del cerebro relacionadas con el nivel de atención o de alerta que mostramos en cada entorno (como son la corteza sensorial y la motora).

Con un SARA poco activo, es como si acabáramos de levantarnos y aún no nos hubiéramos tomado el café de la mañana.

Un SARA medianamente activo nos permite rendir en las tareas cotidianas.

Pero un SARA en exceso activo, termina por afectar a nuestro rendimiento, puesto que hay demasiada información que procesar y terminamos por saturarnos.

Esa es la sensación que experimentamos a menudo las introvertidas (y que a las extravertidas les cuesta tanto comprender):

la de estar saturados y no poder pensar con claridad cuando llevamos un rato en medio de un grupo numeroso de personas, en una fiesta, con música, con luces, teniendo varias conversaciones distintas con muchas personas distintas, recibiendo distintos mensajes verbales y no verbales que procesar…

Este es el principal motivo por el que rechazamos las fiestas, o por las que nos mantenemos callados cuando estamos en un grupo, por ejemplo.

Porque estamos procesando muchísima más información de la que son capaces de percibir aquellas que son más extravertidas que nosotras, es decir, menos sensibles a la estimulación.

Imagina una autopista en hora punta. Ese es el nivel de actividad normal de un cerebro introvertido. Ahora, visualiza una carretera comarcal a media tarde de un domingo. Este es el cerebro extravertido.

Por qué nos cuesta aguantar el ritmo de las extravertidas

Hay otra característica, a simple vista contradictoria, muy propia de las personas introvertidas, y es que se nos define habitualmente como personas calmadas, tranquilas y relajadas…

¿Has oído la expresión “la procesión va por dentro”? Pues eso es lo que nos pasa a las introvertidas.

Para tener tanta actividad en la “azotea”, se nos ve demasiado paradas a veces.

Este es, además, un aspecto de nuestra personalidad que irrita mucho a las que son más activas, y para esto también hay una explicación científica: el responsable es el sistema parasimpático.

En el caso de las introvertidas, el neurotransmisor que más trabaja llevando los estímulos de un lado a otro del cerebro es la acetilcolina, que activa el sistema parasimpático.

Este es el sistema de conservación de la energía: activa la respuesta de relajación y pone al sistema en reposo, reduciendo la tasa cardiaca.

Tener un sistema parasimpático más activo explica por qué a las introvertidas nos cuesta tanto aguantar el ritmo de las extravertidas

De modo que podemos pasarnos el día echadas en el sofá, sin hacer “nada”, simplemente “pensando”…

Aparte de que tenemos un montón de cosas en la cabeza con las que entretenernos, movernos a otro sitio cuando podemos quedarnos tranquilamente donde estamos, reduce aún más nuestras escasas reservas de energía.

Además, este sistema se activa especialmente tras una respuesta de estrés con el fin de equilibrar y proteger al organismo.

Y, como veremos a continuación, la respuesta de estrés es especialmente frecuente e intensa en el caso de las personas introvertidas, aunque parezca otra incongruencia.

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Relájate, que no es para tanto

Esto es lo que le dice la corteza a la amígdala. Y lo que oiremos que le dice a menudo una extravertida a una introvertida.

En el cerebro introvertido, el principal componente de la respuesta a estrés, la amígdala, es especialmente sensible o hiperreactiva. Vamos, que se pone histérica con poco.

La amígdala es una pequeña zona en el medio del cerebro que gestiona las emociones primarias, especialmente el miedo.

En el caso de la amígdala introvertida, esta reacciona con mayor intensidad ante estímulos nuevos o desconocidos.

En esas situaciones, la amígdala activa el sistema simpático: acelera el ritmo cardiaco, dilata la pupila, relaja la vejiga, aumenta la sudoración…

En definitiva, se pone en alerta, preparándose para huir o atacar al estímulo nuevo, hasta que la corteza le de luz verde o no.

Por tanto, el papel de la corteza prefrontal, encargada de comparar la información, tomar decisiones importantes del tipo “esto representa una amenaza o no” y planificar los pasos a dar, tiene un papel fundamental en un cerebro cuya amígdala se pone nerviosa con cualquier cosa.

Por eso las introvertidas somos personas tan reflexivas y analíticas, y nos toma tiempo forjarnos una opinión, o tomar una decisión, porque nuestra corteza prefrontal es mucho más grande y está más activa.

Y por eso también solemos ser precavidas, cautas, recelosas, temerosas, anticipamos posibles peligros… Nuestra amígdala está programada en modo “atención alarmada”.

Eso significa que no siempre que nuestra amígdala se activa, y desencadena la respuesta de estrés, estamos experimentando miedo.

A menudo, es sólo un mecanismo de precaución que la amígdala emplea ante situaciones novedosas.

Y es por esto también que las personas introvertidas necesitamos más tiempo para adaptarnos a los cambios.

Porque las situaciones nuevas e inesperadas disparan la respuesta de estrés y activan nuestra corteza prefrontal, a la que le gusta mucho analizar y pensar antes de actuar.

Las personas con un cerebro extravertido (un SARA poco activo, una amígdala menos sensible y una corteza prefrontal de menor tamaño o menos activa) no están diseñadas para analizar tanto lo que sucede a su alrededor.

Lo que ven, escuchan, sienten, viven… no alcanzan el nivel de relevancia suficiente (para su cerebro) como para prestarles atención.

No hace falta estar “alegres” para ser felices

Por último, hablaremos de otra estructura cerebral clave en el diseño de nuestra personalidad introvertida o extravertida: el sistema del placer.

Digamos que este sistema está mejor engrasado y funciona con más soltura en el cerebro extravertido.

Las estructuras implicadas en este sistema (el núcleo accumbens y la corteza orbitofrontal) son de mayor tamaño y están más activas.

Y las vías dopaminérgicas que activan este sistema son más sensibles a la dopamina que se libera, tanto ante la expectativa de lograr algún beneficio, regalo, o recompensa de cualquier tipo (sea dinero, reconocimiento, cariño, o a través de la comida, un baño caliente, etc.), como tras conseguirlo.

Es decir, que ante una pequeña recompensa, el cerebro extravertido libera mucha más dopamina, esta viaja más rápido por el cerebro, y activa en mayor medida las áreas que hacen que la recompensa sea mucho más apreciada y ansiada.

Por eso las extravertidas se sienten a menudo entusiasmadas, eufóricas, apasionadas, parece que se van a comer el mundo…

Mientras que el sistema del placer del cerebro introvertido se lo toma con muuuucha más calma.

Las partes del cerebro relacionadas con este sistema son más pequeñas, las autopistas que conectan unas con otras son más bien carreteras secundarias y, por tanto, la posibilidad de obtener algún premio no hace que este sistema se ponga a funcionar a toda máquina.

Por eso parece que las introvertidas no nos entusiasmamos por nada, que no le ponemos pasión, que nos mostramos indiferentes ante muchos logros, que somos unas amargadas que no sabemos disfrutar de los placeres de la vida…

Y es cierto que esta baja actividad del sistema del placer conlleva un mayor riesgo de depresión pero, en muchos casos, comprender esta forma de funcionar de nuestro sistema nervioso nos ayuda a no “auto-provocarnos” una depresión.

Porque dejamos de confundir la falta de entusiasmo con la incapacidad para sentir placer, con la incapacidad para disfrutar o ser felices…

Además, las introvertidas seguras sabemos disfrutar de la vida, somos felices y nos apasionamos, lo que pasa es que lo hacemos a nuestra manera.

Experimentando lo que se llaman emociones positivas de baja intensidad: la calma, la paz, la serenidad… el sentido.

Además, tener un sistema del placer más suave nos permite resistir en mayor medida la tentación y la frustración, y perseverar más, lo que nos hace más fuertes frente a las comportamientos impulsivos o adictivos.

Conclusiones

Hemos visto cómo muchas de las pautas de comportamiento habitualmente asociadas a la introversión tienen su base, no en la inseguridad o la falta de HHSS, sino en la diferente forma de funcionar que tiene el cerebro introvertido frente al extravertido.

Estructuras de mayor o menor tamaño, neurotransmisores que se liberan en mayor o menor medida, sistemas del estrés, la relajación o el placer que se activan en diferente medida…

Esta información es fundamental para ir pasando de ser introvertidas inseguras y considerar la introversión como un tema tabú, a ser introvertidas seguras, que aceptan su introversión (con “sus más y sus menos”) porque han sabido ver los beneficios que les aporta tener un cerebro introvertido.

Podemos dejar de ver las limitaciones que nos impone nuestro cerebro introvertido, para empezar a ver las habilidades y cualidades potenciales que tenemos precisamente gracias a nuestra mente introvertida.

Así será más fácil apreciar nuestra forma de ser.

Y es que hay muchas razones para ser una introvertida segura y orgullosa de serlo:

percibir cosas que los extravertidos no captan (el cambio e look de tu pareja, la nueva distribución en la oficina, la nueva cafetería que han abierto camino al trabajo…), concentrarse mejor, prestar más atención cuando el otro habla, disfrutar “no haciendo nada”, capacidad de análisis, prever obstáculos y aportar soluciones, capacidad de planificación, encontrar significado a los acontecimientos de la vida, ser más constantes, perseverar, experimentar paz y tranquilidad

¿Entiendes y valoras un poco mejor ahora tu cerebro introvertido? ¿Sigues creyendo que es defectuoso? Cuéntamelo en los comentarios.

Si quieres descubrir cómo potenciar todas estas cualidades y ser una introvertida segura y orgullosa, descárgate la guía “Las 12 Claves para Amar tu Introversión”.

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Hablo en "femenino" porque me dirijo a personas. Así, tanto si eres hombre como mujer, puedes sentirte identificada 😉

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